Fragmento de la cubierta del libro. Fuente: edición original.

Corría mediados de la década de los 80 del siglo pasado y muchas cosas habían cambiado desde la muerte del dictador y otras muchas iban a comenzar a cambiar. Viene al caso el recuerdo de una publicación aparecida por aquellos años y cuyo patrocinador, desde la Escuela Universitaria de Jaén, es el que sería referente en los inicios de los estudios de Arqueología del Paisaje en España –entre otros campos del quehacer arqueológico-, me refiero al profesor y catedrático Arturo Ruiz Rodríguez maestro y creador de escuela de investigación. Y a alguno de los que con el paso del tiempo se convertirían en sus más estrechos colaboradores.

Es una obra difícil de encontrar debido a los años pasados desde su edición…. Pero viene a cuento este libreto –que bien podría considerarse una especie de manifiesto- por lo que supuso de novedad y por lo que tiene hoy de vigente mucho tiempo después. Me refiero a Arqueología en Jaén (Reflexiones desde un proyecto arqueológico no inocente), publicado en el año 1986 por el Instituto de Cultura de la Diputación de la provincia citada.

El Profesor Arturo Ruiz se centra en el “expolio atávico del patrimonio arqueológico en Jaén”, lo que podría servir para ilustrar lo que venía ocurriendo en la Península Ibérica desde hacía siglos, en la incorporación de las nuevas tecnologías de aquellos años a esta actividad expoliadora, en el surgimiento de unas redes clandestinas de distribución bien estructuradas que daban salida rápida a lo expoliado y “en la banalización secular de la profesión de arqueólogo más cerca del aventurero busca tesoros, el coleccionista particular o sencillamente el erudito inalcanzable o inescrutable –cualquier de las dos vale-, como parte de una élite de locos o consagrados al arte de desentrañar los arcanos de la historia o a estudiar lo sublime de las civilizaciones pasadas”.

A pesar de la elocuente descripción del panorama de aquellos años es interesante resaltar otros aspectos que abarca el libro. Como señala el autor, existía un problema de mayor calado que reflejaba una situación que se había ido prolongando hasta ese momento de un modo u otro, que estaba sobre la mesa y que nadie veía. Y me refiero a lo que considera como un “furibundo planteamiento positivista, enfocado a la búsqueda del tesoro” que hacía que la propia situación de desamparo y expolio se autoalimentase. Esto le sirve de excusa para plantear que en este país, en el mundo de la arqueología tal como se había venido haciendo desde el siglo XIX, debían de empezar a cambiar las cosas y que los profesionales dedicados a la misma “debían comenzar a pensar sobre lo que estaban haciendo y qué modelo perpetuaban”.

En la introducción el profesor Ruiz Rodríguez va desgranando con acierto el panorama de la investigación arqueológica en España desde sus inicios en el siglo XVIII hasta pocos años antes de la publicación del libro. También de la situación paralela en el ámbito europeo. Y como las cosas comienzan a cambiar con los nuevos planteamientos de V. Gordon Childe que sin abandonar del todo el positivismo asociado al dato y la tipología, habla de “la historia y del conocimiento histórico como un proceso de construcción y del modo en que la materia arqueológica ayuda a elaborarla en lo relativo a las sociedades prehistóricas”. El estudio del dato arqueológico dejaría de ser una ciencia en sí misma.

Pero también es optimista. Por aquellos años existían factores que comenzaban a dar nuevos aíres a la investigación arqueológica: el principio de desarrollo de una Legislación acorde al nuevo régimen político instaurado en España, cuestión que tomaría forma en la elaboración de la Ley de Patrimonio Histórico de 1986; la adopción de nuevos planteamientos venidos del extranjero como la teoría del artefacto, que pasa a convertirse en producto de un proceso de producción, con un valor de uso y consumo y de medio de trabajo, como mercancía; nuevos planteamientos sobre el concepto espacio en arqueología, girando en torno al de asentamiento y al de hábitat y a la jerarquización entre sitios arqueológicos; nuevas teorías sobre el proceso histórico donde el tiempo cobra importancia pero no en el sentido estrictamente cronológico del término.

En el año 2012 González-Ruibal* manifestaba la pérdida de la senda que empezaba a marcarse en el lejano 1986. El autor denunciaba un progresivo abandono de la arqueología histórico-cultural, procesual y posprocesual con pocas teorías que sustituyeran a estos paradigmas -dominantes en la última mitad del siglo XX- ya considerados viejos en el 2012 y la aparición de un nuevo elemento en el panorama: la arqueometría como excusa para no abordar la crítica teórica dentro de la disciplina de modo que “…otra cuestión que se debe tener en cuenta a la hora de comprender el escenario teórico actual es el apogeo de la arqueometría. Se trata de una realidad novedosa que difumina las diferencias entre arqueología naturalista y humanista. En la actualidad, el crédito de las ciencias naturales y los sistemas de información aplicados a la arqueología es tan grande que nadie pone en duda su papel hegemónico en la disciplina. La impresión es que muchas veces se utiliza la arqueometría para camuflar la falta de ideas originales y la ausencia de fundamento teórico. En cierta manera, el apogeo de las ciencias físico-naturales se ha convertido en una coartada para no teorizar sin llamar la atención”.

Lo que pondría de manifiesto que la arqueología puramente descriptiva seguía dominando el panorama investigador, preocupándose tan solo por describir, ordenar y tabular los restos materiales del pasado reduciendo al mínimo su interpretación. Ruibal pone como ejemplo los estudios sobre cerámica romana que se llevaban a cabo en España en esos momentos (*González Ruibal, Alfredo. Hacia otra arqueología: diez propuestas. Complutum, 2012. Vol. 23 (2). 103-116).

Algunos años después, Felipe Criado**, investigador del CSIC, ponía énfasis en que el progresivo abandono del concepto reliquia-monumento había comenzado a tomar otros derroteros (a veces tan peligrosos como este) señalando que, por ejemplo, el Convenio de Malta sobre Protección del Patrimonio Arqueológico, cuando estaba a punto de cumplir 25 años (1992-2017), había propiciado una falta de participación pública y la pérdida del vínculo con las comunidades locales, el sentimiento de indiferencia con respecto a la importancia de la memoria, la incapacidad para relacionar de forma efectiva protección e investigación, arqueología de rescate y conocimiento o la saturación de los procesos de patrimonialización; que terminaba sirviendo no sólo a estrategias proteccionistas, culturales y turísticas, sino también económicas, políticas e ideológicas de cualquier signo… produciéndose al final un nuevo giro hacia los objetos y las cosas, algo que nos suena muy bien de décadas anteriores (**En Vaquerizo, D.; Ruiz, A.B.; Delgado, M. (eds). RESCATE. Del registro estratigráfico a la sociedad del conocimiento: el patrimonio arqueológico como agente de desarrollo sostenible. Editorial de la Universidad de Córdoba, 2016. 2 vols.).

Después de tantos años, la situación parece retroceder a sus inicios.

El pasado 20 de diciembre de 2019 el Profesor Arturo Ruiz, Catedrático de Prehistoria de la Universidad de Jaén, fue premiado con la Medalla de Oro al Mérito en Bellas Artes. Primera vez que se concede a un arqueólogo como reconocimiento a su extensa carrera investigadora y profesional. El nivel y la mira.